La yegua blanca de María Izquierdo

IMG_5684Hace algunas semanas, en un viaje a Guadalajara, vi la exposición “María Izquierdo en la Colección Andrés Blaisten” que se mostraba en el MUSA (Museo de las Artes de la UdeG, mi Alma Mater).

No pretendo de ninguna manera que ésta sea una reseña sobre ella, ya que no me considero con los mínimos arrestos para hacerlo. Solo quiero contarles lo que sentí, narrar una vez más, mi propio viaje.

Al principio una ve las pinturas y parecen infantiles aunque al mismo tiempo, melancólicas: las alacenas, los paisajes yermos… pero el conjunto provoca un efecto distinto. Como tenía tiempo, di varias vueltas, analizando cada una de las pinturas y recorriendo la exposición de atrás para adelante y viceversa.

El autorretrato me produjo una emoción profunda: esa mujer de rasgos duros se parece a mi madre en los años 50. Tiene ese mismo rictus de amargura. Y me dio mucha ternura ver que, a un lado de la mujer ataviada con un vestido blanco y rebozo rojo, había una yegua blanca: supuestamente una escultura subida a un pedestal. Atrás, se multiplica una sucesión de montañas.

Esa yegua, otros caballos, aparecen en varios cuadros. En ellos, los animales tienen un rostro casi humano, cejas, ojos expresivos, sonrisas.

Da ternura ver la pintura de los “Caballos amorosos”; pero sobre todo, la de la yegua blanca liberada de una soga colgada de un árbol (así se llama la pintura, precisamente “La soga”) produce una emoción profunda. La yegua se ve feliz: ¿ha logrado liberarse, ha ganado por fin su libertad? Así parece, y yo interpreto que esa yegua blanca es la pintora, que ha logrado romper las ataduras de su tiempo y ganar las praderas inmensas tomando el camino que se pierde en el horizonte.

Y sin embargo la soga que pende del árbol seco es una imagen ominosa. Podría pensarse que son los preparativos de un suicidio: ¿acaso es ésa la total, la única liberación?

En ese tenor está también la obra donde un caballo está amarrado a una jacaranda con un ronzal azul, éste da nombre a la obra. El caballo está triste. Los equinos que lo acompañan prefieren mirar hacia otro lado, ¿ocultando su indiferencia, su impotencia?

Pienso que esos dibujos se parecen a los que hacía mi madre, a quien tanto le gustaba iluminar, aunque en su caso no había técnica, solo ansias de escape y tal vez un talento que lamentablemente no pudo desarrollar.

En esos dibujos falsamente inocentes no hay esperanza.

Tampoco en el de “El Idilio” donde unos amantes se esconden bajo una sombrilla sentados en una fuente. Aquí también el detalle ominoso está presente: el cielo encapotado anuncia tormenta, dos hileras de árboles cortados, sin follaje, flanquean la escena amorosa. El amor no tiene futuro, no dará hojas ni frutos. ¿Por qué no puedo creer que se trata de un nuevo comienzo? ¿Que justamente hay que podar para que surjan los retoños?  Tal vez eso sugiera el camino que también se pierde en lontananza. Ojalá.

Sus retratos (“María Asúnsolo”, “Belén”) tienen también un dejo de tristeza y amargura, al igual que las obras que sugieren erotismo en espacios claustrofóbicos, como “Caracoles” y “Orquídeas”;  hasta los bodegones y los payasos tienen detalles que permiten la entrada a un mundo oscuro, ominoso, donde cualquier cosa puede ocurrir.

Tal vez del mismo modo en que pasó en la vida de la pintora: en 1945, después de que se le había encomendado un enorme mural para un edificio del Gobierno del Distrito Federal, la obra fue cancelada por los comentarios que hicieron en su contra David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera. Y solo tres años más tarde, debido a un coágulo en su cerebro, sufrió una parálisis del lado derecho. Aún así, siguió pintando con la mano izquierda hasta su muerte, acaecida en 1955.

Los cuadros en diferentes técnicas (óleo, acuarela y gouache) mostrados en el MUSA muestran una gran parte de su trayectoria pictórica: desde el “Retrato de Belén” que es el primero que se conoce de la artista en 1928, hasta “La soga” de 1947. Me da gusto que éste, precisamente, sea el último: la yegua blanca, de una manera o de otra, gana en él, por fin su libertad.

 

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