La ópera en el cine, el piano mecánico en la Plaza de San Marcos y el aura

Fuimos a ver Luisa Miller, la ópera de Verdi, a Cinépolis el sábado pasado. Nos hemos aficionado al bel canto a través de ese medio. En algunas ciudades del país son las universidades las que proporcionan la posibilidad de conectarse en vivo con The Met y ver la última función de cada ópera estrenada. En Xalapa Cinépolis es quien brinda el servicio en una de sus salas VIP. El precio es aceptable: 140 pesos, mucho menos que en otros países (hace algunos meses insistimos en ver La Flauta Mágica en un complejo multicine de Vancouver, con butacas incómodas y un sonido promedio, y el costo fue del triple).

El VIP de Cinépolis permite disfrutar la obra en butacas reclinables y pedir bebidas y comida, lo cual aunque no es la manera más ortodoxa de disfrutar la ópera, ha resultado muy efectiva para llegar a nuevos mercados. En estas funciones, una goza de otros privilegios que no tienen los asistentes al Met –quienes deben haber pagado una fortuna–: entrevistas con los cantantes, explicaciones sobre el vestuario, ver cómo mueven las escenografías en las tres grúas que tiene el teatro en un tiempo récord, además de conocer historias relacionadas con el emblemático recinto.

He de decir que jamás en la vida pensé hacerme aficionada a la ópera, es más, la detestaba. Y ahora, gracias a esos acercamientos más flexibles, incluido el excelente programa This is OperaEsto es Ópera, dirigido por el carismático (y guapísimo) Ramón Gener, producido por RTVE y que se trasmite por canal 22 los viernes por la noche (aquí la liga: http://www.rtve.es/television/this-is-opera/) , me he hecho adicta. Tal vez hasta logre disfrutar una ópera en vivo en un teatro algún día. Ya sé que los expertos me odiarán por decir tal barbaridad, pero así es la vida.

Pues henos ahí, disfrutando de una bebida en nuestra butaca reclinable y conmoviéndonos hasta las lágrimas con la historia de los desdichados amantes Luisa y Rodolfo, pero ante todo, emocionados por la presencia escénica, el sentimiento y, claro, la voz de Plácido Domingo en el papel del padre de Luisa. Lo que más me sorprendió, fue la reacción del público en el cine: después de cada aria del cantante, un sonoro aplauso inundaba la sala.

Habrán de imaginar que quien va a la ópera un sábado a las 11:30 horas en Xalapa debe ser por lo menos gran aficionado a tal arte y que obviamente puede distinguir entre la representación en vivo y la transmisión, por más que sea en HD y con sonido digital de alta calidad. La ovación fue multitudinaria (perdonen la expresión, en realidad había unas 30-40 personas) al final, cuando Plácido Domingo salió a recibir la pleitesía de los asistentes a The Met, evitando inclinarse como los demás, por una probable lesión en la espalda como resultado de la última escena, donde tiene que sostener a una desfalleciente Luisa, hincado en el piso. ¿Por qué aplaudían? ¿Para quién? ¿Para quién aplaudíamos? Sabíamos de cierto que el cantante no nos escuchaba. Era, sin duda, para nosotros mismos, para expresar(nos), compartir la emoción.

Saliendo de ahí, fuimos a comer a un restaurante dentro del centro comercial, en una plaza que es una pálida imitación del hotel Venetian en las Vegas, que a su vez es una pálida imitación de la Plaza de San Marcos. En medio del bullicio, un piano mecánico tocaba el primer movimiento de la Quinta de Beethoven (¡!!!). Siguió con Mozart y ya desatado, sin ninguna inhibición, acometió con profundo sentimiento a Rachmaninoff. Para los postres, un impromptu de Chopin invadía la falsa plaza de San Marcos, sin que nadie reparara en ello.

Claro, primero nos preguntamos por qué un piano mecánico tocaba semejantes cosas en un centro comercial a la hora de la comida, pero luego lo que más llamó nuestra atención fue que dicho instrumento sin duda tocaba con mucho más intensidad, de manera mucho más humana, que un pianista que con frecuencia nos saca de quicio en un restaurante de Coatepec. Un piano mecánico que toca con sentimiento. Un humano que toca como una máquina… ¿Qué decir?

Cuando ya nos levantábamos, el Claro de Luna de Beethoven nos hizo temblar mientras el domo se iba oscureciendo y brotaban las falsas estrellas de un falso cielo que se iba pintando con toda la gama del azul-violeta.

¿Qué diría Walter Benjamin de nuestros usos/disfrute del arte? Este arte tan mediado, ¿es menos arte que el arte? La emoción que nos embargó, citando a los clásicos: ¿será acaso una emoción de segunda mano? ¿es menos emoción?

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